Las ausencias que más padece Diego Schwartzman en su histórico Roland Garros

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Diego Schwartzman en el encuentro que eliminó al austríaco Dominic Thiem. Foto: REUTERS/Gonzalo Fuentes
Diego Schwartzman en el encuentro que eliminó al austríaco Dominic Thiem. Foto: REUTERS/Gonzalo Fuentes (GONZALO FUENTES/)

Los afectos familiares siempre fueron muy importantes para Diego, por eso suele estar acompañado de sus padres o por alguno de sus hermanos. En los primeros viajes al exterior era una combinación entre ellos y las mujeres ganaron los tickets para acompañar al Peque. Así, Silvana (mamá) y Natalie (hermana) llegaron a Nueva York a alentar al más chico de la familia, en el US Open. Tiempo después, la familia viajó a concurrir a la Laver Cup para ver nuevamente en acción a Diego. Pero a él le hubiese gustado que estuviera alguien más, una persona, un afecto que hoy también querría sentado en el Philippe Chatrier, mientras él juega con Rafael Nadal.

Desde chico, el Peque siempre tuvo una relación y un apego muy grande con sus abuelos, en especial con los del lado materno, pero Mote, como le decían al abuelo Martín, el papá de su madre, era su favorito. No obstante, la que entregaba el cucharón con el que Diego jugaba a pegarle a una pelotita contra la puerta de la cocina se lo daba Chiche, su abuela y esposa de Mote.

Cuando el Peque comenzó a competir en torneos de tenis, prefería que fuera la menor cantidad posible de sus familiares, “había que tener un salvoconducto o un aval” para poder ir a verlo, comentan de manera risueña. Por eso, la única que estaba siempre era su madre, que lo acompañaba a todos lados. Sin embargo, existía un único familiar autorizado, además de su madre, a concurrir a uno de sus partidos sin previo aviso, ése era Mote. La relación que había era ellos era tan estrecha y el afecto tan ceñido que el Peque le permitía estar ahí, mirando cada una de sus jugadas. “¡Tenés que ir a verlo!” Le decía a su esposa cuando regresaba a casa. “Es bueno de verdad”, culminaba la frase. Martín estaba tan convencido como los demás de que algún día “Diegui”, como lo llamaba cariñosamente, llegaría a ser profesional.

Al Peque le gustaba pasar momentos con su abuelo, por eso, “cuando regresaba de algún entrenamiento y disponía de tiempo, tomaba la merienda con él”, cuenta Silvana. Con el paso del tiempo, su abuelo adquirió una enfermedad que requería de rehabilitación y Diego seguía compartiendo el tiempo con él y se esmeraba por ayudarlo. Cuando Mote falleció, Diego sintió el impacto por esa despedida de alguien que era muy especial para él y que dejaba un hueco en su vida, que terminó por ocupar su abuela Chiche. “Y nunca dejó de ir a un partido”, surge del recuerdo lleno de ternura y afecto, a pesar de que siempre tenía presente a su abuelo Mote.

Chiche llegó a verlo ganar el challenger de Buenos Aires, también a ver cómo crecía dentro del circuito, pero hace un año y medio partió a encontrarse con Mote y fue otro duro golpe para Diego. “Lo sufrió mucho”, dicen quienes estuvieron muy cerca de él, en ese momento. El Peque tiene aún presente a sus abuelos, por eso no fue extraño que aflorara el recuerdo en medio de Roland Garros, en el que, seguramente, le hubiese gustado escuchar un “vamos Diegui”, desde una de las plateas del Chatrier.

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