Un bochornoso 1-9 ante Barcelona, Gatti de delantero y una delegación sin dinero: la gira más caótica de la historia de Boca

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Boca en 1984
El gol que casi hace Gatti. En esta foto se ve que los postes de la cancha eran de fútbol americano porque siguen más allá del travesaño

Si a Boca Juniors, en forma imaginaria, le preguntaran si hay algún año de su gloriosa historia que quisiese borrar para siempre, no dudaría en decir 1984. Ya la temporada anterior se había parecido a un barco en medio de una tormenta en alta mar, las aguas parecían calmarse en el verano del ’84, cuando bajo la dirección técnica del Zurdo Miguel Ángel López, se había consagrado en el torneo de Mar del Plata, con dos concluyentes 3-0 a Independiente (reciente campeón de primera división) y a River Plate, con una noche inolvidable de Ricardo Gareca, autor de los tres goles.

Pero el inicio de la competencia oficial no siguió en la misma sintonía, quedando prontamente eliminado en el Nacional en fase de grupos, lo que conllevó un duro golpe tanto en lo deportivo como en lo económico. El tobogán continuó en el certamen oficial (ex Metropolitano), donde recién ganó en la novena fecha.

Como suele ocurrir en estos casos, la mala racha eyectó de su puesto al técnico que fue reemplazado por Dani Sani, brasileño y otrora ex futbolista de la institución. Llamó la atención su contratación, ya que se preveía (hecho que luego se confirmó) que no estaba muy al tanto de lo que ocurría en el fútbol argentino.

Al flojo panorama deportivo se sumó una grave crisis institucional, que llevó a los profesionales a tomar la medida de hacer una huelga por incumplimiento de pagos y no presentarse contra Atlanta. Aquella tarde quedó en la historia, porque los juveniles que salieron a la cancha, lo hicieron con camisetas blancas con los números dibujados en la espalda con marcador negro, los cuales fueron despintándose por la transpiración, dejando una huella oscura y una muestra más de un año olvidable.

Las arcas de la institución estaban exhaustas y había que buscar dinero por donde se pudiese y una buena fórmula eran los amistosos. Disputó varios en el interior del país, pero desde mediados de agosto encaró una gira, aprovechando un receso de la competencia doméstica por partidos de la Selección, que tenía un periplo bastante diverso: Barcelona, Pamplona, Sevilla, Atenas, Niza, Turín y California.

Antes de partir, en el último compromiso oficial, había sorprendido gratamente al vencer al puntero Estudiantes por 3-1 el miércoles 15 de agosto en el estadio de Vélez, porque las penurias xeneizes se completaban con una Bombonera cerrada y que apenas fue habilitada para un puñado de presentaciones. Con las valijas rebosantes de ilusión, el plantel emprendió el viaje con dos bajas sensibles: Ricardo Gareca y Oscar Ruggeri estaban afectados a la Selección. Se había programado un amistoso en Tucumán para el viernes 17 (feriado). Hubo algunas dudas, porque podía quitar descanso y días de adaptación a Europa. Se cumplió con ese compromiso (goleada 6-0 a Unión de Simoca) y se arribó con los tiempos justos, algo desaconsejado…

La primera parada del tour era en la bella Barcelona, para tomar parte de la tradicional Copa Joan Gamper, que en cada verano organiza el club local. Las cosas eran bien distintas hace 36 años, ya que no hubo emisión ni por radio ni por TV. Y eso fue un alivio para Boca, que sufrió uno de los bochornos más grandes de su historia, al ser goleado estrepitosamente por 9-1.

Hugo Alves había debutado en primera división con esos colores, atravesando de todo: el final de ciclo de Lorenzo como DT, el título del ’81 con Diego como compañero y la debacle posterior. Así recuerda aquella noche: “¿Qué te puedo decir? Fue terrible, se nos venían por todos lados y no los podíamos parar. Cada vez que llegaban, hacían un gol. Una cosa de locos, donde lo único que deseas es que termine lo antes posible. Estaban el alemán Schuster, Alesanco, Carrasco, etc. Sinceramente fue un mazazo terrible y nos queríamos volver al otro día (risas). Son esos partidos que se dan cada tanto”.

Hasta los 30′ las acciones fueron parejas y el marcador se mantuvo en cero, pero allí sobrevino un aluvión de 8 minutos donde Barcelona marcó 3 goles y el elenco argentino se quedó con uno menos por expulsión de Roberto Passucci por una violenta infracción sobre el alemán Schuster, quizá la mejor figura de los catalanes. En el segundo tiempo sobrevino otra ráfaga implacable entre los 10 y los 19, cuando el arco de Hugo Gatti recibió cuatro tantos llevando el score a un escalofriante 7-0. A los 23, de penal, Fernando Morena señaló el único azul y oro de la noche más negra y en el tramo final, Esteban y Marcos redondearon el lapidario 9-1.

Tablero electrónico del Camp Nou con el lapidario resultado
Tablero electrónico del Camp Nou con el lapidario resultado

Pasados los años, en el balance de Alves, también pesa la desorganización: “Recuerdo que llegamos a España el lunes al mediodía, un día antes del partido y fuimos a practicar a la cancha del Espanyol. No tuvimos ningún descanso lógico y en ese entrenamiento sentí una pequeña molestia en el aductor, a la que no le di importancia, pero al otro día, cuando quise tapar un centro de Carrasco desde la derecha, estiré mucho la pierna y me hice el desgarro más importante de mi carrera. El vestuario posterior era un velatorio donde no hablaba nadie. Parecido a lo del Barcelona hace poco contra Bayern Múnich”.

La noticia llegó rápido a nuestro país, donde la incredulidad ganaba a todos los medios, que trataban de chequear la noticia. El partido concluyó a la hora que las tiras deportivas salían habitualmente al aire y allí se amplificó su repercusión. El golpe había sido tremendo, pero Boca debió salir a la cancha nuevamente en menos de 24 horas, como lo establecía el reglamento, para disputar el cotejo por el tercer puesto. Se sobrepuso rápido de lo vivido y superó al Aston Villa 2-0 con goles de Fernando Morena y Carlos Mendoza, en el primer encuentro entre un equipo argentino y uno inglés desde la guerra de las Malvinas.

La gira siguió tres días más tarde con una derrota en San Sebastián frente a la Real Sociedad por 2-0 y de allí a Sevilla, para volver a jugar dos encuentros en 48 horas el 28 y 29 de agosto. Primero fue un empate en uno con la Universidad Católica de Chile con posterior victoria por penales y luego la caída 2-1 ante el elenco local, que se quedó con el cuadrangular en disputa. No había tiempo para recorrer o conocer y mucho menos para descansar. Nuevamente armaron las valijas y partieron hacia Atenas para enfrentar dos días más tarde al Panathinaikos. Fue triunfo 3-2 en el que quizás haya sido el punto futbolístico más alto del periplo.

De la historia viva de la capital griega al azul profundo del océano que baña las costas de Niza, próxima parada y nuevo éxito por 2-0 el 4 de septiembre. Las cosas parecían encaminarse, pero era apenas un espejismo bajo el tórrido sol del verano europeo. Semejante itinerario y la gran cantidad de compromisos, iban dejando varios lesionados a los que les costaba recuperarse. Y a partir de aquí comenzarán a sucederse hechos tan insólitos como poco creíbles. El miércoles 5, o sea un día después de haber enfrentado a Niza, debía medirse contra el Torino en Turín. En horas del mediodía, el plantel aún permanecía en suelo francés, degustando a las apuradas el almuerzo. El viaje se hizo en micro, en medio de un hermoso paisaje con el marco de la costa azul, que nadie podía disfrutar, entre en cansancio, la resignación y el estrecho camino montañoso.

Tras cinco horas de travesía, llegaron al hotel con el tiempo justo para una veloz merienda y la partida hacia el estadio. El partido no fue tal, como no podía serlo. Torino ganó 3-0 ante un grupo de adversarios que arrastraban su maltrecho físico por el césped. Algunos temieron otro papelón como ante Barcelona, que se evitó por la poca efectividad de los delanteros italianos.

¿Podrían pasarle más cosas a ese grupo? Por supuesto que sí, como las evoca Hugo Alves: “Nos quedamos varados en Italia, porque no se pudieron conseguir más partidos en Europa, ya que lo siguiente programado era como dos semanas después en Estados Unidos. Estábamos anclados en un hotel con un caos tan grande que el dirigente a cargo de la delegación no tenía más plata para solventar los gastos. Con nosotros estaba jugando Fernando Morena, un enorme jugador uruguayo, consagrado en el mundo. Entonces este hombre le pidió a él que pusiera su propia tarjeta de crédito para hacer frente a lo que había que pagar. Un delirio. El lugar era precioso, pero la situación era desastrosa. Con decirte que nos quedamos como una semana allí, pero sin movernos porque nadie tenía plata…”.

El entrenador Dino Sani repetía en un poco claro portuñol a quien quisiera escucharlo: “Este viaje ya parece una pesadilla”. Desde el confinamiento lograron salir en micro hacia Turín en ómnibus para tomar un avión con destino Londres. Arribaron justo a tiempo para hacer la combinación y abordar el vuelo que los depositó en Los Ángeles tras 20 horas ininterrumpidas y agotadoras.

Al otro día enfrentaron al Atlas de Guadalajara en el Rat Cliff, estadio preparado para encuentros de fútbol americano y que debió ser acondicionado de apuro, a punto tal que los arcos utilizados fueron los postes existentes (como los de rugby) con un travesaño ubicado de apuro y franjas de tierra a los costados para que tuviese las dimensiones exigidas por FIFA.

Todo era demasiado desprolijo, impropio del linaje histórico de Boca. Sin embargo, había algo más aún. Cuando se disputaban 73 minutos y estaba en ventaja por la mínima, el mediocampista José Orlando Berta hizo la inequívoca seña al banco de suplentes pidiendo el cambio. Dino Sani miró al costado y al único futbolista que vio a su lado era Hugo Orlando Gatti, con el torso desnudo y al sol, ya que entre los lesionados y las modificaciones, no quedaba nadie. El Loco no dudó un instante y se preparó para ingresar con la camiseta número 14 en su espalda cumpliendo el viejo sueño de ser delantero xeneize. Se ubicó bien de punta y estuvo cerca de convertir un gol, tras un centro pasado que Morena envió a la red para sellar el triunfo 2-1. La gira culminó en ese mismo sitio dos días más tarde, con un 1-1 ante las Chivas de Guadalajara y el éxito por penales, aunque nada había para festejar.

Al regreso, los problemas se agudizaron con la vuelta al cargo del presidente Domingo Conigliaro, enfrentado con el plantel. El caos rebotaba en cada pared de la Bombonera y la situación tenía una tensión extrema como lo rememora Alves: “No solo había problemas con los dirigentes por los incumplimientos, sino que el grupo no estaba bien. A la vuelta de la gira la cosa estalló y todos firmamos ante un escribano que íbamos a llegar hasta las últimas consecuencias para poder cobrar, con el asesoramiento de Guillermo Coppola. Después el grupo se fracturó porque una parte decidimos mandar el telegrama y otros no. Incluso se metió la barra brava, con El Abuelo (José Barritta) a la cabeza, para presionarnos y lograr que no enviáramos ese telegrama. Incluso a mí me vinieron a ver a casa para decírmelo, pero les respondí que era justo lo que reclamaba y por eso lo hacía. Una situación jodida. Fue una pena porque yo no me quería ir de Boca y nos quedamos sin un peso, en mi caso particular con mi esposa embarazada de nuestro primer hijo, hasta que me surgió la posibilidad de firmar en Deportivo Español. Después de ocho años, tener que irme así de club fue muy feo”.

Boca en 1984
Formación de Boca antes de enfrentar al Niza. Mezclado, con la casaca del conjunto francés, aparece Jorge Potro Domínguez, quien había sido jugador de Boca hasta el mes de abril de ese año

Durante casi todo el bimestre octubre – noviembre, Boca afrontó los partidos del torneo local con juveniles de las inferiores, sin contrato, cosechando casi todas derrotas, que lo arrojaron en el fondo de la tabla. El retorno de los profesionales permitió sacar algunos puntos que lo ubicaron mal en las posiciones, pero en una colocación de mayor decoro aunque sin problemas de descenso por el promedio que era aceptable.

Al comenzar el ’85, muchos jugadores quedaron libres, al tiempo que los más cotizados (Ricardo Gareca y Oscar Ruggeri) pasaban nada menos que a River Plate. Allí asumió la presidencia Antonio Alegre logrando reconstruir lentamente a una institución que había tocado fondo. Baste como símbolo aquella gira caótica y olvidable, con ese detalle final, de un arquero actuando como jugador de campo, es un trazo más de un cuadro grotesco que Boca querría sepultar por siempre.