Se destacaba en San Lorenzo y Bilardo lo seguía para la Selección, pero una bomba casi lo mata en el vestuario: “Perdí tres litros de sangre, me salvé de milagro”

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claudio Zacarías
Así sacaron al defensor del vestuario de Instituto de Córdoba, al que le dieron por perdido el partido

La vida es un rompecabezas. Y en muchas ocasiones, las piezas están dispersas, inconexas y parecen no encajar. En otras, se disponen de tal manera que se encastran a la perfección, una tras otra. Así estaban dispuestas en los días de Claudio Zacarías, allá por mayo de 1988, cuando atravesaba el mejor momento de su carrera, tras pelearla en el ascenso y un discontinuo paso por Boca. Había llegado a San Lorenzo, para afirmarse como un puntal de la defensa de un equipo que le peleaba con firmeza el torneo a Newell´s, con la seguridad de Chilavert, el trajinar de Giunta, la dinámica de Siviski, el talento de Ortega Sánchez y los goles de Perazzo, bajo la dirección técnica del Bambino Veira. Incluso por esas horas crecía la versión que indicaba que Carlos Bilardo lo estaba siguiendo para sumarlo a la Sselección. Las piezas se daban la mano y se unían. Hasta que una mano tan anónima como asesina las desparramó por los aires. Esa que puso un artefacto explosivo a la vera del vestuario visitante de la cancha de Instituto, haciendo explotar los vidrios. Uno de ellos se clavó en la axila de Claudio, dejándolo al borde de la muerte.

“Era una tarde normal de fútbol, como cualquier otro partido. Se produjo la explosión, se me clavó un vidrio en la axila y no me salía sangre del cuerpo, sino directamente eran coágulos. Al médico le bajó la presión y se desmayó al ver la situación, pero me salvó la vida el Negro Mendoza, que era el kinesiólogo y era una bestia (risas). Pedía algodón a los gritos, paró la hemorragia y evitó que me desangrara. Perdí casi 3 litros de sangre de los 4 y pico que tenemos en el cuerpo, por eso siempre los doctores me dijeron que había sido como un milagro. A los 40 días nació mi hija y por supuesto le pusimos Milagros. Lo que tiene que quedar en claro es que no fue un accidente, fue un atentado”, cuenta.

Fueron minutos que se parecieron a años. La impotencia, la desesperación, los gritos y pedidos de ayuda en el pequeño recinto: “Me trasladaron en un carro policial que se movía muchísimo, en cada curva parecía que iba a caerme de ahí. Estuve consciente todo el tiempo, hasta la noche que fue el momento de entrar al quirófano, donde me pusieron oxígeno. La operación duró 12 horas y recién desperté el martes y enseguida lo vi a mi hermano, que se sorprendió porque le dije: ’¿Qué hacés acá?‘. Yo no sabía ni donde estaba, hasta llegué a pensar que ya había partido de acá. En total fueron 23 días internado en Córdoba. Las primeras veces que me quería parar, me mareaba y me caía. Todo fue muy de a poco, hasta que lo logré y le dije a mi viejo que nos teníamos que volver para Buenos Aires. Regresamos en una avioneta sanitaria que puso a mi disposición el gobernador de la provincia. Fueron momento durísimos porque tenía el brazo izquierdo completamente vendado y no podía mover la mano”.

La tragedia tuvo una inmensa repercusión en los medios y puso en estado de alerta a los futbolistas, que, a través del gremio, dispusieron un paro general por lo que no hubo actividad en ninguna de las categorías el fin de semana siguiente. Al arrancar junio, Claudio ya estuvo de vuelta en su casa para comenzar de nuevo.

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Así sacaron al defensor del vestuario de Instituto de Córdoba, al que le dieron por perdido el partido (Foto: Museo Jacobo Urso)

“Recuerdo que era un domingo cerca de la medianoche, porque estaba terminando de ver Fútbol de primera. Sonó el timbre de mi casa y, cuando mi mamá atendió, me dijo que era un médico que había venido a verme. Cuando lo vi, pensé: ‘Éste no me puede salvar, con este me muero’ (risas). Era el doctor Héctor Giócoli, que enseguida me dijo que me debía sentar, pero yo no quería. Estuvimos media hora peleando, porque me sacó la venda y me exigía que moviera el brazo. El tipo se cansó y me encaró: ‘Dígame una cosa, ¿usted quiere volver a jugar al fútbol?’, a lo que obviamente le respondí que sí. ‘El único que lo puede curar en el mundo soy yo, porque soy el mejor. Si hace todo lo que le digo, vuelve a jugar. ¿Me escuchó?‘, dijo. Casi que me gritaba y lo entendí. Comencé a mover el brazo y entonces dijo unas palabras que nunca voy a olvidar: ’Listo. Usted en diciembre vuelve a jugar’. Se levantó y se fue. Me cambió la vida, porque estaba con una depresión terrible y me dio una esperanza, cuando los médicos me decían que mi brazo ya no tenía vida y parecía que tenían razón, porque era algo que me colgaba del cuerpo”, relata.

Con paciencia y fe, fue desandando el camino de la recuperación. En agosto estaba pautada la fecha de la operación que le había programado el doctor Giocoli. Y a sus manos y conocimiento se entregó: “Fue una intervención tremenda, que me la contó el médico de San Lorenzo. Giocoli la tuvo que desarrollar muchas veces arrodillado, por los injertos que me practicó. Cortó piel de la pierna, a la altura del gemelo y la colocó en el brazo. Fueron más de 12 horas que me dejaron con grandes dolores, porque tuve que estar siempre con el cuello para un solo lado. Al despertarme, vi a mi vieja al lado de la cama llorando y entonces le dije: ’Mami, quedate tranquila que no me opero nunca más, no volvemos a pasar por esto. Si juego, juego y si no, mala suerte’”. Hice la rehabilitación con Juan Mendoza, el kinesiólogo del club que me había salvado la vida. Estuvo firme a mi lado cada día hasta el mes de diciembre, cuando volví a la práctica de fútbol con el plantel profesional, tal como me lo había dicho el doctor. Al estar otra vez en contacto con la pelota, sentía que estaba cumpliendo conmigo, porque estando internado en Córdoba leía que en los diarios publicaban que no iba a jugar más y que la rehabilitación iba a ser como de cinco años. Le pregunté a un médico de esa clínica, que me confirmó que habían sido ellos los de esas declaraciones. Entonces le dije: ’Ustedes no pueden decir eso porque no me conocen. Yo me tengo fe y voy a estar mucho antes en una cancha’”.

Una fe de hierro en sí mismo, más la confianza en la ayuda de los especialistas hicieron realidad lo que parecía imposible: “El Bambino quería que jugase en el torneo de verano, pero de lateral izquierdo contra River. Le dije que ni loco (risas). Era el River de Menotti, lleno de monstruos y hubiese tenido que marcar a Balbo, que era el goleador del campeonato. Hasta que en febrero volví en forma oficial y justo contra River, cómo es el destino… Fue una tarde de muchas sensaciones. Tenía miedo por la mano que no estaba bien, porque no podía jugar como antes y era dar mucha ventaja un brazo sin fuerza, sin embargo, es un día inolvidable en mi vida. En la liguilla me afirmé como lateral izquierdo y fuimos de menor a mayor. Recuerdo que en los cuartos de final le hice un gol a Talleres en Córdoba y la semifinal le ganamos con mucha autoridad a un equipazo como Argentinos Juniors, donde estaban Redondo, Dertycia y varios cracks más. Pero para nosotros jugaba Gorosito, en el que debe haber sido el mejor año de su carrera. Las cosas que hizo en esa primera etapa en San Lorenzo fueron únicas. En la final fuimos muy superiores a Boca, goleándolos 4-0 en cancha de Huracán”.

Aquel San Lorenzo que le peleaba el título a Newell´s en mayo del ’88, cuando ocurrió la tragedia de Zacarías, prontamente se desmembró con las partidas de Chilavert, Giunta, Perazzo y más tarde, Ortega Sánchez. El Bambino se caracterizaba por armar rápidamente otro cuadro competitivo y así lo hizo para la temporada siguiente con la llegada de varios futbolistas, donde se destacaron Gorosito y Acosta para quedarse con la liguilla que mencionaba Claudio. Veira siempre tenía alguna salida ocurrente para con sus muchachos.

“En cancha de Unión tuvimos un tiro libre cerca del área, pateé y la mandé no por sobre el travesaño, por sobre el alambrado de atrás del arco (risas). En la primera práctica de la semana, en un momento me dijo: ’Vos no pateás más un tiro libre mientras yo sea el técnico de San Lorenzo’. Un par de fechas más tarde enfrentamos a Banfield en su cancha en un partido muy recordado. Perdíamos 2-0 y nos cobraron una infracción un poco lejos del área. Me acerqué, le di con todo, metí el gol del descuento y luego lo empatamos sobre la hora. Otra vez la misma historia en el entrenamiento. El Bambino se dirigió a mí: ‘Vos, no pateás más un tiro libre… si es cerca del área. Si es un poquito más lejos, dale nomás’”, recuerda entre risas.

claudio Zacarías
Claudio Zacarías, en cancha de El Porvenir (Twitter: @mundoporve)

Los sueños de pibe, acunados en las calles suburbanas y sureñas de los años ’70. Con el club Lanús como una segunda casa, con esas ganas de darle a la pelota en cualquier posición (“no me ponían nunca, pero yo estaba ahí. Si faltaba el arquero jugaba en ese puesto y si el que no estaba era el goleador, también”). Hasta que la situación lo cansó y, ya con 17 años, se probó en El Porvenir: “Yo quería ser goleador, pero un técnico me dijo que yendo bien de arriba, siendo grandote y zurdo, debía ser marcador central y ahí cambió mi vida. Me fui asentando, le tomé el gusto a marcar al delantero de punta, hasta que llegó el maestro Roberto Iturrieta, que me enseñó a correr, a cabecear y a patear. Él me hizo jugador de fútbol. Me afirmé definitivamente cuando en el torneo de la B del ’85 le ganamos por 2 a 1 de visitantes a Nueva Chicago, que iba puntero, e hice el gol del triunfo. Jugué todos los partidos del torneo y con 8 fui el defensor más goleador del campeonato, donde estaban Rosario Central y Racing, que fueron los ascendidos”.

La presencia de dos equipos de semejante linaje e historia, hicieron que el mundo del fútbol prestara especial atención a ese torneo de Primera B. Sus destacados rendimientos llamaron la atención de Boca: “Fue una gran satisfacción y Roberto Iturrieta me recomendó. Jorge Higuaín es mi cuñado y en ese momento había quedado libre de San Lorenzo. Me acompañaba a las reuniones por mi pase y Carlos Heller se mostró interesado también en él. Se dio una cosa extraña: lo hicieron entrenar para ver si no estaba lesionado, porque eso se rumoreaba al irse de San Lorenzo. Arrancamos juntos en el club”.

Era la gran oportunidad de mostrarse con los colores de un grande, que estaba en plena reconstrucción, tras el tsunami institucional que había vivido entre 1981 y 1984: “En Boca me traicionó la juventud, el creerme piola. Jugué el primer partido del año contra River en Mar del Plata y lo hice muy bien. Unos días después, tras el entrenamiento matutino, nos dieron la tarde libre y me fui a una pileta a tomar sol. Teníamos que jugar con Racing a las 48 horas y no me podía mover, estaba insolado y se me contracturaban las piernas. A partir de ahí, quedé en el banco y solo ocasionalmente fui titular”.

En sus últimos seis meses con esa camiseta (los primeros de 1987) se dio el gusto de tener a César Menotti como entrenador: “Un fenómeno. Te daba mucha motivación y creía en el jugador”. Apareció la posibilidad de ir a San Lorenzo, pero otra vez a lucharla, el denominador común de su vida: “Llegué pero el técnico, que era Bora Milutinovic, no me había pedido, entonces me mandó a practicar con la cuarta. Me puse como loco y me quise ir. Entonces Pedro Larraquy, que había llegado conmigo al club, me convenció de quedarme y esperar la oportunidad. En un entrenamiento, le hice dos goles seguidos de tiro libre a Chilavert y entonces Bora, en su español muy particular me dijo: ’Saca pechera, saca pechera, pase a titulares’ (risas).

Claudio Zacarías
Claudio Zacarías (izq.) en su etapa como futbolista de Boca

El inicio de la temporada 1987/88 fue de muy buena forma para Zacarías, asentando en el equipo como zaguero titular. San Lorenzo fue de menor a mayor y al promediar la primera rueda, ya con Veira como técnico, se metió de lleno en la pelea por la punta. Situación que se mantuvo hasta aquella fatídica tarde del 8 de mayo, cuando la preparación para un simple partido de fútbol se tiñó de sangre y se vistió de tragedia. Una vez que volvió al ruedo, siguió en su pasión por la número cinco: “Pude jugar un tiempo más, me fui a Turquía, volví y pude retirarme bastante bien, incluso haciéndole un lindo gol a River que me puso en la tapa de El Gráfico en 1991. Pequeñas – grandes satisfacciones después de todo lo que había vivido”.

La vida de Claudio Zacarías siempre estuvo impregnada por el deporte. No solo por aquellos sueños de pibe en las calles de Lanús, sino por tener un padre reconocido en el mundo del boxeo, entrenador de dos campeones mundiales como Sergio Víctor Palma y Juan Martín Látigo Coggi: “Mi viejo me inculcó muchas cosas, principalmente saber que todos somos iguales y el valor de la familia. La nuestra es así, por más que mi cuñado (Jorge Higuaín, casado con su hermana) haya sido capitán de Boca y River o que mi sobrino (Gonzalo), se haya cansado de hacer goles en Europa y la selección. Es un enorme orgullo su carrera, porque se cuentan con los dedos de una mano los que lograron las mismas cosas que él. Su trascendencia es mundial. A mí la única persona en el mundo que me movió la aguja fue Diego Armando Maradona. Al poco tiempo de lo que me ocurrió en Córdoba, mi papá viajó a Italia por una pelea de Coggi y Diego fue especialmente para ver a Látigo para darle unos regalos para mí. Nunca lo voy a olvidar”.

A lo largo de la charla, nunca perdió la alegría ni el sentido del humor. Hasta para relatar los peores momentos. “Dentro de todo lo que se pudo, me las rebusqué bastante”, resumió al concluir el recorrido de su carrera. Y creo que fue mucho más que eso. Porque haberse podido sobreponer a una circunstancia tan crítica, es un espacio reservado para aquellos que son cracks, pero de los que realmente importan. Los de afuera de la cancha, en el gran partido de la vida.

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