Quique el carnicero, el primer jefe de La Doce: empezó el negocio barra, los jugadores le pedían perdón si Boca jugaba mal y tiene un museo

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Enrique Ocampo, conocido como Quique el Carnicero

Cualquier día que juega Boca, el programa para quienes quieren conocer la Bombonera no está completo si no pasan a degustar un lomito en La Glorieta de Quique. Allí, en Brandsen al 800, frente al estadio, está un lugar pintoresco que estalla los días de partido.

Hay fotos de Maradona, Riquelme y Palermo, hay venta de merchandising en el Quique Center y un sector que puede llamar la atención al desprevenido: el Museo de Quique. Porque lo que hoy es parte de la geografía xeneize es, en realidad, el emporio que forjó Enrique Ocampo, alias Quique el Carnicero, el primer jefe de La Doce. El hombre que entendió que desde un paravalancha se podían obtener beneficios y poder y que, aún a años luz de lo que vino después, sembró la semilla de los grupos organizados que coparon el fútbol. Quizá sin imaginarse que eso terminaría en un espiral de violencia y delincuencia, Quique el Carnicero fue el precursor de todo y el iniciático líder de la barra brava de Boca.

Olvidado detrás de los nombres de José Barritta y Rafael Di Zeo, sin Ocampo nada de lo que vino después podría haber sucedido. Quique había nacido en Rosario del Tala, Entre Ríos, el 10 de enero de 1936 pero al poco tiempo su familia se vino a radicar a Buenos Aires, buscando un futuro. Y como tantos otros inmigrantes internos, los Ocampo se instalaron en un conventillo de La Boca, ubicado frente a la Plaza Solís.

En ese entorno, no tenía otra opción que convertirse en hincha auriazul más cuando de adolescente lo mandaron a trabajar para ayudar con la economía familiar y una de sus labores fue vender sándwiches en la tribuna de Boca.

Empezó a forjar amistades y con la primera juventud puso una verdulería y carnicería a cuatro cuadras del estadio, donde algunos jugadores paraban a comprar. Esa relación lo puso un paso adelante para su idea madre: armar el primer grupo organizado de hinchas que siguieran a Boca a todos lados. En un bar frente a su negocio convocó a los amigos del barrio y armó la primera facción de peso en la historia de la barra de Boca, que hasta entonces sólo había tenido algunos referentes más pintorescos como Cocusa.

Boca era ya por entonces un país aparte. Movilizaba multitudes. Y su presidente, Alberto J. Armando, había entendido como ninguno que tener un grupo de presión a su lado fortalecería su poder y lo haría eternizarse en el cargo, tal como finalmente ocurrió: estuvo al frente de Boca 23 años, 21 de ellos consecutivos entre 1959 y 1980.

Así que entre la necesidad de uno y la visión del otro, a mediados de los 60 La Doce era una realidad con una estructura donde Quique era el general y delegaba sólo en sus tres lugartenientes: Carlos Varani, alias el Capitán, el Viejo Carrascosa y el Alemán. También formaban parte de ese círculo áulico el gordo Upa y el uruguayo Chupamiel. Por entonces el primer anillo de La Doce tenía 20 miembros, todos hombres del barrio, la mayoría entre 20 y 30 años.

Quique el Carnicero Boca
Quique puso una verdulería y carnicería a cuatro cuadras del estadio

“Quique cuando terminaba el partido iba a los vestuarios y hasta los jugadores le pedían disculpas si jugaban mal”, cuenta su viuda, Luisa Crotta, en un corto documental que se hizo sobre su vida y está en YouTube. “Él organizaba los viajes, tenía cabeza. Logró armonizar a los grupos anárquicos para armar la barra”, agrega en ese mismo video otro viejo compinche, Yimi. Mientras que su hijo Luis Ocampo enfatiza que “antes de él cualquiera se subía al paravalancha, con Quique solo los 20 que dirigían todo”.

Lo cierto es que más allá de cierta visión cándida, Ocampo tenía en claro que el negocio consistía en ganar respeto a fuerza de puños contra las barras rivales y mostrar cómo su influencia en la tribuna podía beneficiar o perjudicar al poder político de turno. La primera aparición organizada de La Doce, según relatan los barras más antiguos, no fue contra River, como muchos suponen, sino contra Vélez, en el antiguo Amalfitani. La presentación en sociedad se hizo en un baldío que había por entonces en Juan B. Justo y Alcaraz. Esa tarde, con la captura de tres banderas, La Doce comenzaba como brazo armado su accionar, que no se detendría jamás.

En esa época Luis María Bortnik era el secretario general de Boca. Quique aseguró una de las pocas veces que habló que él fue el nexo con la barra, por pedido de Armando. En el libro de Gustavo Veiga, Donde manda la patota, Bortnik dio su versión: “La barra empieza a ejercer influencia en el 62, 63. Los mangazos para los viajes se iniciaron con la Copa Libertadores. Les conseguíamos entradas, los dirigentes veíamos que esa hinchada era necesaria no por la violencia, sino por el aliento. Yo me reunía con ellos en el club. Cuando tenían algún problema o pensaban que el técnico no servía, lo hablábamos”.

Con la venia dirigencial, Quique se convirtió en el primer jefe de La Doce. Con sus secuaces se instalaba en La Candela casi a diario y desde allí armaba su red de relaciones con futbolistas y directores técnicos. De éstos últimos, fue Juan Carlos Lorenzo el que mejor entendió la importancia de tenerlos de su lado. Los dejaba presenciar las prácticas y hasta les explicaba por qué jugaba un determinado futbolista y no otro.

Era una relación de conveniencia: la barra no le pateaba en contra, y el DT colaboraba monetariamente y convencía al plantel para ayudar a los “muchachos” para que los siguieran a todos lados. La relación llegó a tal grado que cuando el Toto Lorenzo dejó la dirección técnica de Boca en 1979, en el centro de la cancha hubo entre ambos un intercambio de plaquetas. Y apenas unos meses antes, con el viaje todo pago, Quique había disfrutado como un miembro más del plantel la conquista de la primera Intercontinental, en Alemania, contra el Borussia Monchengladbach.

quique con armando y lorenzo en alemania
Quique con Lorenzo y Armando en Alemania

Claro que ese poder empezó a cegarlo. Con la posibilidad de manejar el pulso de la tribuna y entender que había un negocio incipiente en esa barra que él manejaba, Quique se convirtió en un empresario al que respondía un grupo de choque de 40 integrantes y a los que debía contentar con algo más que ser miembros de la barra. Ya no alcanzaba con las camisetas firmadas por el plantel que los barras podían exhibir orgullosos en el barrio. Ya no alcanzaba con comer un asado por mes con el Toto Lorenzo en La Candela, o con quien fuera el director técnico. Se necesitaba algo más.

El primer paso fue ingresar gratis a la cancha en forma institucional. Los 40 miembros de la barra ya no pagaban entrada, por orden de Luis María Bortnik. Pero Quique supo que el primer financiamiento podría provenir justamente de aquel beneficio. Reclamar entradas e ingresar igual gratis. Resultado: la reventa de localidades comenzó a gestarse como negocio. “El convenio era de 50 entradas”, admitió Bortnik en su momento.

Quique, además de entradas y efectivo, también consiguió otro elemento para sus muchachos: almuerzo gratis los días de partido y el peaje para que los puesteros de La Bombonera pudieran vender sin problemas sus choripanes y gaseosas. Promediaba la década del setenta y ya la barra daba incipientes ganancias. Pero Quique entendía que si abría el grifo, esto podría resultar peligroso para su poder político y económico. Mantuvo firme su núcleo duro donde empezó a pesar Roberto Pechuga Silveyra y puso límites a la sangre nueva que traía una banda de Lugano, La Matanza, y San Martín donde empezaba a descollar José Barritta, el Abuelo. Que comenzaba a mirar de reojo cómo el nivel de vida de los líderes iba en ascenso mientras ellos se quedaban sólo con migajas.

Y en 1981, con un grupo consolidado, el Abuelo quiso negociar cuotas de poder con Quique. Pero el Carnicero creyó que el apoyo de la dirigencia y la Policía sería suficiente y no cedió.

El 8 de agosto de ese año, a 15 cuadras del Gigante de Arroyito donde Boca jugaba por el Metropolitano, los hombres de Barritta, quien además había llevado a obreros de la UOM, ganaron la barra a puño limpio.

Una semana más tarde, cuando Quique y su gente quisieron de local recuperar el sitio, las huestes del Abuelo fueron hasta la Plaza Matheu ya no sólo con puños, sino también con armas. La batalla duró menos de 20 minutos. La Doce había cambiado de manos.

Y Quique, que siempre dijo que se fue porque estaba cansado, optó por el retiro digno y se instaló en La Glorieta, ese ícono que está frente a La Bombonera. Siguió yendo a la cancha, hasta viajó a ver a Boca a Japón en 2000 y 2001, y falleció el 3 de agosto de 2003, cuando tanto él como su sucesor eran historia.

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